Relatos

Así era él

  Tenía una sonrisa sútil. Utilizaba la vocal más timida de todas; Jijiji. Casi no mostraba sus dientes tras sus finos labios. Parecía que le daba miedo sonreir y mostrarse feliz al mundo. Quizá porque no lo era. O puede que le diera miedo parecerlo y que la vida le aguardara alguna tragedia para compensar. Sin saber que él seria la tragedia de los que le queríamos.

  Escuchaba rock, si, pero con los años se decantó por lo más melódico, por la melancolía. El último de la fila y Queen sustituyeron a Black Sabbath, a Ozzy, de quien había tomado prestado su apodo en la adolescencia. Claro que a veces sorprendía con el Cd de Mojinos Escozios o algo del soul de Sade en su taxi, carrera tras carrera, canturreando “No ordinary love“.

  Ozzy lo llamaba su hija, no Papá ni Papi; Ozzy. Su osito gigante. Era tan alto que ella, alta como él, nunca dejó de alzar la cabeza para mirar sus ojos marrones, tristes e infantiles a la vez. Quizá tuvo que crecer tan deprisa que una parte de él prefirió quedarse en la adolescencia, la parte que reflejaban sus ojos si apartabas la tristeza.

  Puede que nunca le llamaran Papá pero fue padre, y muy joven, apenas un niño aún despertando. Nunca supo entenderla y durante un tiempo no lo intentó, con lo que acabó topándose con una adolescente complicada, hambrienta de atención pero esquiva de cariño. Era una batalla perdida de antemano. Quizá años atrás ya la había perdido. Intentó responder, la abrazó en sus primeros desamores, la castigó por sus primeros suspensos, buscó ayuda, lo intentó… Lo intentó… Pero no lo consiguió. Puede que nadie lo hubiera logrado en su lugar, es muy probable. Esa chiquilla estaba condenada a la melancolía, como su padre. Aún hoy lucha contra esos demonios que lo debilitaron a él.

  Él era el mar. Tardó unos años en descubrirlo pero al fin encontró su hábitat. El mar su refugio, el hogar su zona de comfort. El ordenador el mundo paralelo en el que desconectar.

  De humor negro; era ironía y sarcasmo en su esencia. No era muy hablador, pero sus palabras valían oro. No era muy abierto, pero siempre educado y cordial. Sin embargo podías leer en su rostro cuando no estaba cómodo, cuando tan solo estaba siguiendo el protocolo y las normas sociales con una sonrisa helada a cada respuesta; o quizá es que ella le conocía bien sin conocerle, lo percibía, viendo sus propias expresiones reflejadas en las de él.

  Trabajaba 12 horas diarias pero se aferraba a un catarro durante una semana. Entonces caminaba por la casa, dejando una estela del sonido de sus zapatillas al arrastrar por el suelo; de la cama al sofá, del sofá al ordenador… Aprovechaba entonces para ver las mismas películas de siempre, sus clásicos; La guerra de las galaxias, El Padrino, Alien, Abyss, Mentiras arriesgadas… Su querida Sigourney Weaver; su teniente Ripley. Era friki antes de que ese término llegara a España.

  Era tranquilo y paciente. Calmado, sutil. Pasó por esta vida sin hacer demasiado ruido, con la esperanza de que le permitieran vivirla tranquilo.

  Pero su mente era rápida, ágil, despierta y muy curiosa. Nunca se cansó de aprender, de observar, estudiar… Puede que su cuerpo tuviera más edad que él pero su cerebro siempre fue joven y su corazón adolescente.

  Y como un adolescente buscó el amor sin cansancio. Se enamoraba con la misma facilidad que su hija de quince años; por unos días, por unos meses o unos años; el tiempo que le permitieran amar. Y entonces no existía nada más que aquella a quien idolatrara. Quien le amara podía llegar a ser su alma gemela, fuera quien fuera, fuera como fuera. Le hiciera feliz o no. Vivía los comienzos como un adolescente, pero pocas se quedaron a su lado pasada la euforia inicial; porque entonces volvía a su comodidad, a su hogar, su sofá, su trabajo y su ordenador. Pero de todas aprendió algo, de ellas y de si mismo.

  Nunca tuvo coraje para enfrentarse a sus demonios; su melancolía, sus miedos, su padre manipulador, su gran amor perdido, el que dejó escapar, su hija esquiva que le idolatraba tanto como le repudiaba, el trabajo que no le hacía feliz… Nunca superó nada de todo aquello, simplemente vivió con heridas abiertas.

  Ni siquiera para marcharse fue escandaloso. Postrado en una cama, la mirada marchita, la conciencia olvidada, su brillante cerebro apagado… su malherido corazón no dio la talla y se lo llevó.

  Se fue sin poder cumplir su sueño; capitanear un barco, ser parte del mar. Murió dejando a una hija ya mayor con la que reconciliarse y una pequeña con la que, al menos, pudo resarcirse como padre. Unas hijas que, cada una a su manera, lo añoran a diario, sin saber muy bien como hacerlo. Dejando dos grandes consejos para la posteridad; “Dedícate a lo que quieras pero que te guste.” Y “Si tienes que preguntarte si estás enamorada es porque no lo estás” Porque eso fue él, un sabio de los errores cometidos, temeroso de vivir.

  Un enamorado del amor que no sabía querer. Y mucho menos a si mismo.

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