Relatos

La dama de la reina

Una ciudad se quemó anoche mientras ella limpiaba la letrina y encendía el fuego en los aposentos de su señora.

Meggy calentaba el vino para Aldith cuando ésta entró y se dejó caer sobre su cama suspirando.

-¿Desea que le cepille los cabellos mi señora?

– Esta noche no Meggy, tardas demasiado, recógelos en una trenza.

Meggy retiró la silla del tocador para que su señora se acomodara y se dispuso a recogerle el cabello mientras la reina continuó lamentándose.

– Desde que padre falleció todos acuden a mi… – se desperezó sobre su asiento y forzó una vocecilla chillona, seguramente imitando a la vieja ama de llaves.- “Señora el herrero nos quiere cobrar siete chelines más”, “Señora, al mozo se le ha escapado un caballo”… ¡Maldito mozo, maldito herrero y maldito caballo Meggy! Como si no tuviera suficiente con la Guerra del Campo que Padre me ha legado ¡Para eso tengo ama de llaves! Para las tareas del castillo. ¿Qué otra tarea tiene si no?

Aldith resoplaba una y otra vez pero Meggy nunca estaba segura de si su señora esperaba que ella dijera algo o que simplemente se limitara a escucharla. Su señora era más joven que Meggy, apenas comenzaba a ser una mujer. Tenía una tez blanca y el pelo del color del carbón. Meggy, en cambio, escondía siempre su cabello rojo como el fuego, sabiendo que podía ser objeto de estúpidas supersticiones. Aldith era una muchacha instruida y valiente pero la juventud le daba una impulsividad excesiva y a menudo la dominaba el mal genio, con el que escondía la frustración y la añoranza de tiempos más tranquilos en los que ambas acudían a las clases del maestro Kumar.

Meggy llegó al castillo una gélida noche con 9 años y un catarro que la había llevado al borde de la muerte. La cocinera, madre del cocinero que tienen ahora, fue quien la encontró y le dio cobijo. Por su edad, similar a la de Aldith y su paciencia con la revoltosa princesita, que no reclamaba más que las atenciones de su padre, enseguida entrenaron a Meggy para convertirse en su dama de compañía. La dama de compañía de una princesa a la que halagar, vestir y peinar, una princesa que no tenía reparos en jugar con ella bajo la lluvia.

Sin embargo la prematura muerte del rey convirtió a la risueña princesa en una reina que debía mostrar dureza y valor ante sus nuevos súbditos para librarse de buscar un rey consorte. Así, su dama de compañía, su cómplice de juegos y travesuras en la niñez, se convirtió en la única persona en la que Aldith confiaba en un reino dominado por los hombres, fueran vasallos, campesinos o miembros de la corte.

Nadie esperaba que su padre, el rey, falleciera tan joven. La guerra que había iniciado con los campesinos del reino vecino había acabado con él. Cuando el soberano de Kharod falleció sin descendencia el rey Dickon vio la ocasión ideal para ampliar su reino. Sin embargo no fue tan sencillo pues los campesinos no aceptarían sin rechistar un nuevo señor con nuevas leyes, condiciones e impuestos más altos.

– Mi señora… si consigue el reino de Kharod su padre allá donde esté se sentirá tremendamente orgulloso de vos. Vuestras arcas y vuestras tierras crecerán y podréis vivir sin preocupaciones. No le presionarán más para encontrar esposo.

– Meggy… que dulce eres. – Aldith la observó unos instantes. – Para conseguir Kharod debo destruir gran parte de Kharod, así que no llenaré mucho mis arcas, al menos hasta que los atemorice lo suficiente. – Meggy la miró interrogante. – Ya ordené arrasar varias aldeas fronterizas, Padre decía que los villanos siempre se mantienen en las fronteras, lo más lejos posible de los Soldados de Ley. Si he de manchar mis manos de sangre, al menos que sea sangre malvada.

– En esas aldeas no solo hay villanos y asesinos, mi señora. También hay ancianos, niños y familias que deben labrar y cosechar los campos que queréis conquistar.

Aldith se encogió de hombros, se puso en pie y alzó los brazos para que Meggy le ajustara el camisón y se lo perfumara.

– Esta noche está ardiendo Highmell y mañana Westholt se convertirá en cenizas también. – Aldith parecía estar pensando en voz alta y Meggy ahuecaba las almohadas, silenciosa, cabizbaja.  – ¿No dices nada? No… tú siempre callada… diría que todo lo que digo te parece bien… ¿es cierto Meggy?

– Yo no comprendo la guerra mi señora. Mucho menos sus estrategias.

Aldith se dejó arropar, suspiró de nuevo y cerró los ojos.

-Buenas noches Meggy, no cierres la puerta y ve a comprobar que todo el mundo está haciendo su trabajo.

Meggy bajó silenciosa los escalones. Los dos caballeros montaban guardia bajo las puertas de los aposentos de Aldith, la ama de llaves comprobaba que  portones y ventanas estuvieran cerrados y de que todos los miembros del servicio se retiraran a sus aposentos.

Meggy se dirigió a la cocina, donde Wysman, el cocinero, el hijo de su salvadora, despiezaba codornices para el almuerzo del día siguiente.

-Wysman ¿pagaste al herrero?

-Si, pagué al dichoso herrero, aunque no se para que diablos estoy pagando unas herraduras que ya no voy a utilizar.

-Podrían sospechar si no te preparas para ir al pueblo a recoger las provisiones mañana. No te marches y lo seguirás utilizando.

Wysman cogió el rostro de Meggy besando sus labios con suavidad.

-Meggy, mi amor, si te vas yo no quiero quedarme aquí. Me iré contigo, iremos a Kharod, a la capital si es preciso, para que nos escuchen, deben seguir luchando contra esa tirana.

– Aldith no es una tirana, tan solo es hija del rey Dickon; cumple sus obligaciones como nosotros. – Wysman retrocedió unos pasos y continuó su labor.

– Como desees; la hija del rey Dickon ha calcinado Highmell y mañana hará lo mismo con la aldea en la que naciste.

– Ella no sabe que nací en Kharod, nadie lo sabe.

Wysman alzó el cuchillo asintiendo con la cabeza.

-Precisamente por eso nadie imaginaría que tú, su querida Meggy y yo, el inútil cocinero, vamos a envenenarla mañana. Cuando Aldith aún esté escupiendo sangre ya habremos cruzado la frontera.

-Si… – Meggy fijó la vista en el horizonte, donde se vislumbraba el camino, más allá del foso, más allá del rastrillo… – El reino de su padre sufrirá lo mismo que Kharod cuando la princesa muera sin descendencia; eso es justicia. La propia Aldith lo entendería.

– Eso es justicia, mi amor.

A la mañana siguiente Aldith sangró hasta morir y Meggy y Wysman huyeron.

El reino sucumbió en el caos y la pobreza, los señores feudales, sedientos de poder, arrasaron las tierras matándose unos a otros…

Kharod recuperó la paz y, al fin, ambos pueblos unieron fuerzas para labrar de nuevo sus tierras y crear un nuevo reino. El sueño de Dickon que debía cumplir Aldith se hizo realidad cuando el pueblo dejó de sentirse hostigado a ello.

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