Relatos

Ladrón conocido

Seguramente ha tenido un día difícil. Hoy tiene que asistir como testigo al juicio de su hermana por la denuncia de acoso de su ex marido. Después tiene una jornada exhaustiva de seis horas. Al salir recogerá a las niñas en casa de mi madre y las dejará en las clases de piano dos horas. Mientras tanto ella se revolcará en sudores, gritos, gemidos y orgasmos con su nuevo novio; el lumbreras de turno. Nada de todo eso me importa; solo quiero el puto sofá.

Lo compramos en cuanto nos entregaron las llaves del piso. Ella lo eligió. Según ella es beige, para mi es gris como el asfalto y punto. A mi el beige, el blanco crudo o el azul magenta me la traen al pairo. Solo quería que escogiera un puto sofá lo bastante cómodo como para espatarrarme ahí la hora y media que durara un partido o los diez minutos que me regalara de mamada.

Ella nunca ha sido muy aficionada al sexo; luces apagadas, misionero y a dormir. Siempre fue así. Al principio éramos unos críos y me parecía lo mejor que podría probar en mi vida; una mamada al mes y, antes de dormir, sexo de película ñoña programado para los fines de semana. Me parecía lo lógico; los hombres tenemos instintos animales y las mujeres instintos sensibleros. Es imposible compatibilizarlos cuando ya hay niños.

Era la única carencia del matrimonio; yo la quería, de echo la QUIERO, pero mis necesidades, nuestras diversiones, se han visto eclipsadas por nuestras niñas.

Las quiero, daría la vida por ellas; pero acabaron con la vida compartida con mi mujer. Yo dejé de existir. Pasé a ser el ingreso mensual y el que las entretiene un par de horas antes de dormir mientras ella se toma un baño. Pasé a ser el que respira y ronca a su lado, en la misma cama; en otro universo.

Por eso nunca le dije “desde que están los niños” o “como has cambiado”. Porque ella en realidad siempre fue así; una mamá. Y yo la elegí. Elegí a una mujer que me regañaba, una mujer que me paraba los pies cuando me aceleraba, una mujer que era mi roto… porque yo era un descosido.

Pero como yo era un descosido ella tenía excusa para todo; “ingrésame tu nómina y yo la administro para los gastos de casa”, “si sales vuelve mañana que me despiertas a la niña”, “ya me llevo yo a las niñas al parque”, “lo siento se han dormido antes de que llegaras del bar” “Bebe todas las noches pero aquí no duermas”…

Al final ni niñas, ni mujer ni nada. Yo era un extraño en casa para todas ellas y ellas lo eran para mí.

“¿Cómo se llama la tutora de tu hija la mayor?” Preguntó la jueza. Ni idea. ¿Qué más da? Es una puta profesora, el año que viene tendrá otra.

Y así, poco a poco todo se murió. Yo no confiaba en ella. Así que cuando murió mi abuelo, con el que no tenía contacto desde antes de conocerla, recibí la herencia sin pena y con alivio. Porque todo ese dinero sería para mí.

No era mucho, pero me valía para no dar explicaciones. Pagar un par de copas más sin que ella lo notara ni me faltara para el día siguiente, unos porros, una ronda con los colegas, un arreglito al coche, un bingo, la entrada de un partido, un par de rayas, una puta de esas mimosas que te dan lo que en casa no te atreves a pedir…  Nada que ella pudiera recriminarme sin que salieran a flote todos los problemas.

¿Qué iba a hacer ella? ¿Largarse con los críos y sin trabajo? No le faltaba de nada; no le decía nada por tomarse un café con las amigas, ni dije nada cuando quiso apuntarse al gimnasio rodeada de cachas vendemotos, ni cuando traía bolsas repletas de trapitos que ni las niñas ni ella necesitaban. Yo no necesitaba nada. Lo que necesitaba lo tenía en casa bien escondido. Cien euros diarios; tabaco, gasolina, una buena comida, una buena mamada, un rato en la sala de juegos o una quiniela de treinta euros.

Por eso no le dije nada de la herencia, por eso la saqué en metálico y por eso la escondí en el jodido sofá. Menos mal, porque después del divorcio quedó para ella la casa, el coche, el perro, las niñas y una estupenda pensión para los próximos diez años de su vida.

Por eso me llevé el sofá. Hoy seguramente ha tenido un día difícil, pero eso me ha servido para saber que no iba a estar en casa en toda la tarde.

He abierto una brecha en el cojín izquierdo del sofá y he ido metiendo pequeños fajos en la mochila. Su novio ha dejado un mensaje en el contestador “Vida (así me llamaba ella) creía que estarías en casa. Salgo ya, iré haciendo la cena.” Mierda. El gilipollas de turno viene.

He lanzado el sofá como he podido balcón abajo, lo he metido en la furgoneta y me he largado de allí, lo más rápido posible. El fajo de billetes, el sofá y yo. Nunca sabrá que había en ese sofá que yo anhelara más que la casa, se preguntará porque coño me llevé el sofá y no me llevé la televisión por ejemplo.

Porque mi libertad siempre estuvo en ese sofá beige; y en los fajos de billetes que dejé allí y que no pude coger cuando ella me echó.

1 comentario en “Ladrón conocido”

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