Relatos

Espinas de queratina I

Sofía es escritora. Al menos lo intenta. En realidad, es un número más en las largas colas de la oficina de desempleo de su ciudad. Sofi está harta de acudir con cada contrato temporal terminado, a solicitar de nuevo la prestación de desempleo, más modesta cada vez.

“Redactora de contenidos web” le dijo su último compañero de cama, “eso deberías ser, y te quitas de problemas”. A Sofi no le pareció que con eso eliminara ningún problema. Y de ser así debería pagar el precio con problemas nuevos; ser autónoma, con su correspondiente tasa mensual, buscarse ella misma el trabajo, hacerlo únicamente vía online, redactar solo los estúpidos artículos de pedantes blogueros, renunciar a la estabilidad, no tener ni idea de los ingresos que tendría al mes siguiente y alejarse cada vez más de su añorado mundo editorial… No, su amante de turno no había descubierto la pólvora ni mucho menos, aquel chico era un idiota que se creía un listillo. Así que Sofi seguía aceptando empleos precarios que poco o nada tenían que ver con su profesión y que requerían poco esfuerzo mental para llegar a casa fresca y más capaz de enfrentarse a su segunda novela. O eso se decía a si misma porque, en realidad, dicha novela aún no estaba ni planificada.

Ese erudito de la vida había dormido junto a Sofi unos cuantos meses, desde la noche en la que le conoció, en una reunión informal. Acudió al restaurante donde se había citado y encontró a Tomás, su editor, ya sentado en la mesa de siempre. Junto a él, de pie, le vio por primera vez; era muy alto, algo desgarbado, con un pelo del que no supo definir el color, una especie de rubio grisáceo. Tenía cierto atractivo de tipo solitario. Era joven; más que Sofi. Y mucho más que Tomás.

Aquel chico asentía de forma autómata ante la aburrida charla con el editor que, observó Sofi, ya había apurado la primera copa de vino.

–¡Sofía, cielo! –se levantó Tomás– Perdóname, no te he visto llegar; me he encontrado con el programador de mi empresa.

David quería que todos le llamaran ‘Deivid‘. “Al estilo americano” dijo con ciertos aires de grandeza inocente mientras Sofi se esforzaba por no poner los ojos en blanco o soltar una carcajada.

Después una crema de calabaza, unos filetes de merluza, algún cruce de miradas con David y de esquivar con estilo las preguntas de Tomás sobre su manuscrito inexistente, Sofía apuraba una tarta de queso riquísima, algodonada y cremosa cuando David (nunca le llamó de otra manera) hizo acopio de todas sus fuerzas y con una amplia sonrisa preguntó

–¿Qué tal si os invito al café?

–Mejor a una copa–. respondió ella encantada por las furtivas miradas que su escote recibía.

Aquella noche lo llevó a su casa, a su cama, a su cuerpo. Y no porque no pudiera reprimir su atracción por él, sino para ver la cara de Tomás. Para extraer a Tomás.

Sofi se burlaba de los tópicos sobre actrices que se lían con compañeros de reparto o directores más reconocidos que ellas, el repetido hasta la saciedad de la secretaria y el jefe, el profesor y la alumna o el empleado y la jefa dominante. Pero la escritora joven y el editor casado era algo que nunca había pensado. Quizá debía leer menos relatos eróticos baratos.

En algún documental que no recuerda, o quizá un artículo que leyó, decían que los gatos tienen algo así como unas espinas de queratina en el pene para, al retirarlo de la vagina de la hembra, arrastrar los posibles restos de semen que algún otro macho hubiera podido depositar en su interior. Esas espinas, similares a las de las rosas, provoca un agudo dolor a las hembras durante el coito, pero el macho preserva así su linaje. Un raspado al estilo neandertal en toda regla. La especie humana, al comienzo de su existencia, también contaba con esta característica, aunque con la evolución las espinas desaparecieron. Ahora, miles de años después, casi nadie sabe eso.

Algo así era David, un pene con espinas. Retiraba, a base de embestidas, los restos metafóricos, fantasmas, de Tomás. Su sudor cubría poco a poco el aroma dulzón y ácido que su editor había dejado por todo el apartamento y su lengua áspera centrifugaba su sexo, engañándola con movimientos diferentes a los de Tomás, más cuidadosos, más tiernos. Y así Sofi folló con David unos meses. Folló llorando por dentro. Follar sufriendo para dejar de sufrir, dejando entrar esas espinas de queratina sin las que Sofi no sobreviviría.

La noche que conoció a David y a su nuevo pene de espinas lloró a Tomás por primera y última vez. Cabalgó sobre aquel chico llorándole a su editor, a su maldita mujer perfecta y estirada, a sus dos hijos y a su perro. Su puto perro Trébol. “Vaya nombre más tonto para un perro” le dijo a Tomás una vez, cargada de resentimiento infantil. Pero a él le daban igual el perro, los niños y la mujer estirada y perfecta. Tomás solo amaba su trabajo, su teléfono móvil y su libertad. Todo lo demás era algo que Tomás suponía que debía tener. Sofi lloró por una familia que él simplemente ignoraba.

Nada de promesas, como los anteriores, por eso le amó como a ninguno, si es que llegó a amar a alguien más. Tomás no dejaría a su mujer ni por ella ni por ninguna de las jovencitas que cubrían sus necesidades más primarias. Porque la obsesión de su editor no era Sofi, si no cualquier Sofi con la que se cruzara. Jóvenes con aceptable talento, ingenio, corazón esperanzado, cuerpo infantil, mente perversa y predisposición al sexo anal, los juguetitos, los disfraces de colegiala, los tríos con otras colegialas y a esconderse corriendo en el cuarto de la criada mientras Tomás lo hacía a lo misionero con su perfecta y estirada mujer.

David fue su pene de espinas unos pocos meses; succionaba el veneno de Tomás, dejaba pelos en el lavabo y la esperaba con la cena preparada y el mástil erguido. Le hacía el amor sin pretensiones ni perversiones pero con ganas, con muchas ganas. Sofi se refugiaba en el deseo animal que David sentía por ella, abrazándose a sí misma como no hizo Tomás.

Pero poco a poco su pene de espinas fue tomando una forma más humana como si de él salieran extremidades de repente. Una espalda encorvada, una boca que decía pedanterías, una mano que quería coger la suya y unos ojos cada vez más insertados en la pantalla del televisor. Así, poco a poco, David fue solo David, sin más; ya había olvidado a Tomás. No necesitaba follar con rabia, agonizando por expulsar el veneno. Sofía ya no se follaba a David, si no que él le hacía el amor a ella. David tenía que largarse.

De Tomás no supo más desde que, subiendo al coche de David a la salida del restaurante, le miró con socarronería por última vez. Se terminaron las llamadas y las citas, las preguntas sobre su manuscrito… Todo. Seguramente, pensó Sofi, más por discreción y temor a que ella revelara sus tejemanejes sexuales a su nuevo amante. Tomás no iba a darle mayor importancia.

Así era la vida sentimental de Sofi; todo empezaba por una relación importante (o que ella al menos consideraba importante) pero destructiva que acababa mal. Hombres que tenían otras mujeres estiradas y perfectas, nómadas en potencia, homosexuales curiosos, empresarios viajeros… si no podían amarla, Sofi se colgaba de ellos hasta que volvía a destapar el secreto a voces que ella misma ocultaba; que no la amaban. Entonces acogía en su entrepierna (que no en su corazón) a un nuevo pene con espinas de queratina con el que olvidaba para después expulsarlo radicalmente de su vida.

Similar a su vida laboral, de un contrato temporal al paro y de ahí a otra basura que la absorbería durante unos meses para desecharla después. Unos la exprimían unos meses y ella exprimía a otros. Ni entendía ni se preguntaba porque le atraían los hombres que no iban a comprometerse jamás con ella. Quizá fuera un mecanismo de supervivencia; sabiendo de antemano que habrá un final se olvidan los miedos, las dudas, los celos, los rencores…

Siempre fue así, desde sus primeros escarceos amorosos; el estudiante de intercambio de su instituto la desvirgó la noche antes de marcharse tras unas semanas de besarse y frotar sus cuerpos a través de la ropa. El extranjero con la beca por un semestre se despidió de ella con un casto beso en el aeropuerto tras meses de sexo indecente. Poco después conoció al bajista de un grupo venido a menos, había tardado en llegar, pero fue su Primer Amor. Era tan atractivo que, tras los conciertos, Sofi y otras chicas de su universidad esperaban ser las elegidas para pasar con él la noche. Cuando le tocaba a ella le ayudaba a recoger tras cada concierto; la llevaba de fiesta hasta el amanecer, la invitó a su primera raya, a su primer ménage à trois… Durante un tiempo fue su favorita, aun teniendo que morderse el labio con rabia de vez en cuando si él prefería marcharse con otra. Poco a poco fue más a menudo. Hasta que dejó de elegirla, sin más.

Todos se marchaban y a todos los añoró. Sin embargo no lloró a ninguno. No se permitió jamás ese momento de debilidad, simplemente se concentraba en olvidar y para ese fin cualquier otro podía valer. Sofi salía en busca de un pene con espinas de queratina aún sin ser consciente de ello.

Finalmente llegó su primer jefe; fue también lo que se llama “el Gran Amor”. Casado por supuesto, pero su Gran Amor aun así. Le amó sinceramente más de dos años, cediendo a cenas melosas a kilómetros de su ciudad, torpes y cariñosos escarceos en el despacho, noches de hotel que precedieron a fines de semana de escapaditas románticas, flores, regalos, lágrimas, lamentos, abrazos, reproches… Todo lo que Sofi pensó que comprendía una relación adulta.

Hasta que una mañana tuvo que fingir ser una comercial de alarmas ante una esposa confundida mientras intentaba contener las lágrimas ante la penosa mirada cabizbaja de él. Se marchó del chalet de su Gran Amor llena de ira, sintiéndose ridícula y, en lugar de dirigirse a su puesto de trabajo, desapareció para siempre, llorando por primera y última vez por un hombre.

Ese día inició su primera novela, que obtuvo un éxito bastante aceptable y le proporcionó una buena cantidad de dinero. Como buena primeriza lo gastó en apenas unos meses en cenas, discotecas de moda, conjuntos, bolsos, libros y la fianza de un apartamento nuevo. Su novela, fresca, joven y pueril, le abrió las puertas de aquel mundillo, donde todos apostaban por Sofi y su peculiar talento desvergonzado. Ese mundillo también le trajo a Tomás; su compañero de perversiones.

Tomás jamás la dejaría mientras ella no le causara problemas. Él no lamentaba cada encuentro sexual como su Gran Amor. Sofi podría pasarse años alimentándose de una noche semanal, pasando el resto de noches tranquila en casa, escribiendo, de copas con sus amigos o haciendo lo que le viniera en gana. Ni necesitaba ni quería más que eso, no anhelaba el tipo de distracciones y problemas que una pareja estable conllevaba.

Así que cuando Tomás dejó claro que, en su relación, o lo que aquello fuera, no le parecía normal que Sofi se zumbara a otros (literalmente, utilizó esa misma expresión abriendo mucho los ojos, arqueando las cejas, alzando el dedo índice), Sofi casi se cae de espaldas de la risa. Ni siquiera se molestó en responder. Aquella noche Sofi saboreó el sexo de Tomás y, tras exprimirlo, decidió que ese hombre ya no se la zumbaría más. Esperó a la siguiente cita de la semana y, todo sea dicho, la aparición sorpresa de David, le vino de perlas. Sofía quería estar con Sofía, mimarla, trabajarla, mejorarla. Aunque no supiera cómo hacerlo.

En eso pensaba, avanzando lentamente en la cola de aquella fría y azulada oficina, con la vista enterrada en el móvil, cuando alguien cayó sobre ella, tambaleándola. Un tacón fino pisoteó el empeine de su pie, causándole un dolor que solo un puto tacón de aguja podía provocar.

–¡Me cago en la puta tía esta! ¡Quítate de en medio coño! – Chilló la propietaria del tacón que la había agredido–. Te has colado tía ¿estás sorda?¡que te quites coño!

Sofi la miró confundida y observó a su alrededor demasiado consternada por la agresividad de aquella escuálida. Nunca se había peleado con nadie, aunque quizá aquella mañana sería la primera vez.

 

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