Relatos

Espinas de queratina II

Esa mañana se había levantado antes de que amaneciera para aprovechar el silencio y escribir una hora antes de que David se despertara. Él apareció somnoliento y le tendió una taza de café como cada mañana. Solo que esta vez iba acompañada de una fría despedida. “Se ha terminado la chispa”, “No quiero nada serio” y “Voy a estar fuera toda la mañana para que puedas recoger tus cosas y marcharte tranquilo” le bastaron. Ni una réplica, ni una protesta; nada de reproches. David asintió sin mirarla y se dirigió al dormitorio de nuevo, mientras ella salía por la puerta. Aquel chico tranquilo y complaciente fue un buen pene de espinas, de los mejores que había tenido.

En realidad Sofi estaba de buen humor aquella mañana y no se la iba a estropear una loca de minifalda y tacones de aguja chillones, seguramente comprados o robados (con esta gente nunca se sabe…) en la tienda china del barrio.

–¡No me toques colgada! – Le espetó a la del tacón, empujándola con firmeza. La escuálida se recompuso con rapidez y quiso abalanzarse torpemente sobre ella. Sofi dio un paso adelante pero un hombre de baja estatura pero corpulento tiró del brazo de la mujer haciéndole perder el equilibrio.

–¡Niña, que tú ibas delante mío que no te enteras! – Ambas le miraron confundidas–. ¡Si me has pedido que te guarde el sitio!

La escuálida pareció recordar y recuperó su turno en la cola, tres cabezas más adelante. Un par de veces ladeó la cabeza, mirando de reojo a Sofi.

Se fijó más detenidamente en ella; estaba realmente delgada, esquelética. Lucía (si es que esa era la palabra) una chaqueta vaquera de al menos una talla más. Bajo ella se veía un top de color naranja aunque descolorido por las horas tendido al sol. De su escote sobresalía un sostén sencillo de color azul celeste, a juego con la minifalda y los tacones. Caía sobre sus hombros una melena negra, alisada a plancha y sus ojeras grisáceas enmarcaban unos enormes (aunque hundidos) ojos oscuros, se mordía los labios nerviosa y Sofi pensó que seguramente aún no se había metido el chute del día.

Tras casi una hora de espera consiguió sellar el paro y recibir el boletín trimestral de los próximos cursos disponibles para desempleados que acabaría en la papelera más cercana.

Se dirigió hacia la parada de autobús donde un anciano fumaba su puro, acomodado en los asientos. El olor denso la obligó a alejarse y, al girarse, se topó con la escuálida, tímida de repente, empequeñecida, plantada frente a ella pero esquivando su mirada. De no ser por su conjunto le habría parecido otra persona.

–Tía perdona ¿vale? No he empezado bien el día y te lo has comido tú.

–Yo tampoco he tenido una buena mañana y no voy por ahí importunando a los demás y deformándoles los zapatos a pisotones–. Dijo Sofi en el tono más altanero posible. Aquella chica lánguida la miró unos segundos y después esbozó una amplia sonrisa mostrando sus dientes impregnados en sarro y montados entre sí. Parecía haberle caído bien por algún extraño motivo.

–¡Que redicha eres tía! Venga, que te invito a un cafelito y hacemos las paces. Me sale más barato que los zapatos.

La escuálida se colgó de su brazo y empezó a caminar obligándola a caminar hasta un bar cercano. Aquel gesto despertó su curiosidad así que se dejó llevar.

El local era pequeño, oscuro, con una barra de madera agrietada y vieja, tras la que un camarero igual de agrietado y viejo paseaba distraídamente un paño húmedo por el grifo de cerveza. Un hombre se tambaleaba en un taburete con una copa ya sin hielo y otro de pelo canoso estaba totalmente concentrado en la máquina tragaperras. El local estaba en silencio a excepción de los sonidos intermitentes de la máquina y el saludo cordial del camarero, que, pese a sonreír tenía una mirada apagada, triste.

–¡Hola Yuli! – Saludó mirando a la escuálida–. ¿Un zumito de cebada? – Ella asintió mientras el camarero servía una caña y miraba a Sofi interrogante.

–Eh… –Las diez y media de la mañana y la escuálida iba a tomarse una cerveza. Sofi se sentía fuera de lugar con su clasificadora, sus zapatos de 80 euros (rebajados) y su bolso de Michael Kors. – Zumo de naranja, por favor.

Tomaron asiento y Yuli dio cuenta de media caña de un sorbo mientras Sofi aún volcaba el zumo en la copa, llena de arañazos y manchas blancas de la cal del lavavajillas.

–¿Por qué no has tenido una buena mañana, redicha? – La escuálida parecía divertirse.

–Me llamo Sofi. He dejado a mi novio… o lo que fuera–. Yuli cambió el semblante, se inclinó apoyándose en el respaldo y observó su cerveza arrugando la frente con intensidad.

–Lo siento tía. Pero bueno, si lo has dejado tú estará peor él.

–Si, me da un poco de pena, estaba ilusionado–. La escuálida le miró interrogante–. Yo no, a mí me da igual, prefiero follarme tíos que me importan una mierda, así es mucho más sencillo–. Aclaró. Yuli se encogió de hombros.

–Podrías ser puta–. Sofi sonrió débilmente, sin saber si aquello había sido una broma y el silencio reinó durante unos segundos.

–Te llamas Yuli, ¿no? – intentó iniciar una conversación preguntándose qué hacía allí, aunque intrigada por aquella mujer que negaba con la cabeza.

–Me llamo Julia–. “Otra que quiere hacer de su nombre un anglicismo” pensó Sofi. – ‘Yuli’ es como me llaman mis clientes.

–Tus… ¿clientes? – Observó al camarero.

–Si, no sé tú, pero yo soy puta.

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